Una reflexión sobre nuestra facilidad para juzgar a los demás, nuestra dificultad para reconocer nuestras propias faltas y la necesidad de aferrarnos a la única justicia verdaderamente perfecta: la justicia de Dios.
Por Ermis Castillo | 28 de agosto de 2026
Una persona justa debería saber juzgarse a sí misma cuando actúa injustamente. Pero es ahí donde radica el problema: cuando tenemos que juzgar a alguien, siempre estamos listos para aplicarle todo el peso de la ley y declararlo injusto, incompetente o incompleto.
Pero cuando esa misma regla tiene que aplicarse a nosotros o a los nuestros, entonces deseamos que se ponga en práctica el dicho tan conocido: «Toda regla tiene una excepción». Y ahora exigimos que esa excepción sea aplicada a nosotros o a los nuestros, aunque no estuvimos dispuestos a usarla con aquellos a quienes juzgamos.
¿Te das cuenta?
Nunca pensamos que podríamos estar en el banquillo de los acusados, mucho menos cuando nos creemos con autoridad para juzgar. Pero hay algo que no debemos olvidar: todo lo que sube, baja, y es muy probable que mañana seamos nosotros quienes necesitemos un poco de compasión.¡Cuán bueno habría sido ser compasivos con quienes alguna vez nos necesitaron!
Lamentablemente, nuestra propia naturaleza nos lleva a inclinarnos hacia nuestros intereses por encima de los de los demás. Siempre que tengamos que medir a otros, los encontraremos faltos, incompletos o equivocados. Pero nos gustaría que, cuando seamos nosotros los medidos, nos declaren completos.
Y eso nos hace actuar injustamente
De manera que ni tú eres justo, aunque creas que lo eres, ni yo soy justo, porque tampoco lo soy. Y no esperaba que me declararas justo, porque sé que no lo soy. El único verdaderamente justo es Dios.Ahora bien, tú y yo, siendo injustos, debemos hacer algo: buscar y aferrarnos a la única justicia verdadera, la que solo se encuentra en Dios.
Aquel que no nos negó ni a su propio Hijo, que no apeló a una excepción, sino que, en armonía con su carácter justo, entregó a quien más amaba al sufrimiento y a la muerte para no violentar sus propias leyes, nos mostró lo que verdaderamente significa ser justo.
Y es precisamente esa justicia divina la que nos da confianza para acercarnos a Él sin temor.
Con razón el salmista David, reconociendo su necesidad, expresó:
«Júzgame, oh Jehová, porque yo en mi integridad he andado; he confiado asimismo en Jehová sin titubear».
Salmos 26:1
David podía pedirle a Dios que lo juzgara porque confiaba en su carácter. Sabía que la justicia de Dios no está separada de su amor, su misericordia y sus promesas de restauración.Ahora te pregunto:
¿Hay justos entre los hombres?
La Biblia dice:
«No hay justo, ni aun uno».
Romanos 3:10
Entonces, ¿podemos confiar en la justicia de Dios?
Por supuesto que sí.
Su Palabra también dice:
«Al que a mí viene, no le echo fuera».
Juan 6:37
Hoy es un buen día para dejar que Dios defienda nuestra causa. No confiemos en nuestra propia justicia ni en la justicia imperfecta de los hombres. Confiemos en aquel cuyo juicio es perfecto y cuyo corazón está lleno de amor.Te invito a confiar en el justo y amante corazón de Dios.
Que Dios te bendiga.
Por Ermis Castillo
28-8-26
Contexto
La reflexión «Justamente injustos» aborda una realidad profundamente humana: la tendencia a aplicar criterios rigurosos cuando evaluamos las acciones de los demás y, al mismo tiempo, buscar comprensión, excepciones o misericordia cuando somos nosotros quienes cometemos el error.Desde una perspectiva cristiana, esta contradicción pone en evidencia las limitaciones de la justicia humana y la necesidad de reconocer que ninguna persona alcanza por sí misma el estándar perfecto de justicia.
El planteamiento encuentra fundamento en Romanos 3:10, donde se afirma que «no hay justo, ni aun uno», recordándonos que todos dependemos de la gracia y de la justicia que proceden de Dios.
La reflexión conduce finalmente hacia Cristo y hacia la confianza en un Dios cuya justicia no actúa separada de su misericordia, sino en perfecta armonía con su amor y su propósito de restaurar al ser humano.
Conclusión
Antes de apresurarnos a juzgar, esta reflexión nos invita a mirar nuestro propio corazón.La verdadera justicia no consiste únicamente en señalar aquello que está mal en los demás, sino también en reconocer nuestras propias debilidades y tratar al prójimo con la misma misericordia que esperamos recibir cuando somos nosotros quienes fallamos.
La Biblia nos recuerda que la justicia perfecta pertenece a Dios. Por eso, más que descansar en nuestros propios méritos o en el juicio cambiante de los seres humanos, el llamado cristiano es a confiar en Aquel que conoce el corazón, juzga con rectitud y, al mismo tiempo, ofrece gracia, perdón y restauración.
Análisis | La Voz Nacional
«Justamente injustos» plantea una contradicción que atraviesa prácticamente todas las relaciones humanas: solemos ser jueces rigurosos cuando la conducta examinada pertenece a otra persona, pero abogados comprensivos cuando somos nosotros, nuestros familiares o personas cercanas quienes necesitan ser evaluados.Desde el punto de vista cristiano, esa doble medida no es un problema meramente social, sino espiritual. Revela hasta qué punto el ser humano puede confundir sus propios intereses con la justicia.
La enseñanza bíblica es especialmente relevante porque elimina cualquier sentimiento de superioridad moral. Cuando Romanos 3:10 declara que «no hay justo, ni aun uno», coloca a todos los seres humanos en una misma condición de necesidad delante de Dios.
Esto no significa que el cristiano deba renunciar a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. La fe bíblica exige discernimiento, responsabilidad y justicia. Sin embargo, también demanda humildad. Quien reconoce sus propias limitaciones debería ser más cuidadoso antes de condenar definitivamente a otra persona.
Jesucristo llevó este principio a una dimensión todavía mayor. El evangelio presenta a un Dios que mantiene su justicia, pero que al mismo tiempo abre un camino de reconciliación para quien se acerca a Él. Esa combinación entre justicia, gracia y misericordia constituye uno de los elementos centrales del mensaje cristiano.
La reflexión también contiene una aplicación social importante. Familias, iglesias, comunidades e incluso instituciones pueden caer en la tentación de utilizar diferentes criterios dependiendo de quién sea la persona evaluada. Cuando esto ocurre, la justicia deja de ser un principio y comienza a convertirse en conveniencia.
El desafío planteado al lector es, por tanto, profundamente personal: antes de exigir misericordia para nosotros, deberíamos aprender a ejercerla con los demás.
La verdadera transformación cristiana comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué merecen los otros y empezamos a preguntarnos cómo actuaría Dios frente a nuestras propias faltas.
Autor: Ermis Castillo
Fuentes consultadas
1. Santa Biblia, versión Reina-Valera
Textos bíblicos utilizados y citados en la reflexión:Salmos 26:1: «Júzgame, oh Jehová, porque yo en mi integridad he andado; he confiado asimismo en Jehová sin titubear».
Romanos 3:10: «No hay justo, ni aun uno».
Juan 6:37: «Al que a mí viene, no le echo fuera».
2. Escritos del hermano Ermis Castillo
Reflexión original “Justamente injustos”, escrita por el hermano Ermis Castillo, de fecha 28 de agosto de 2026, utilizada como fuente principal del contenido reflexivo y espiritual de esta publicación.La Voz Nacional realizó únicamente la organización editorial, corrección ortográfica y estructuración periodística del contenido, respetando el pensamiento y mensaje original de su autor.

Redacción La Voz Nacional
Equipo Editorial | La Voz NacionalContenido elaborado y revisado por el equipo editorial de La Voz Nacional, comprometido con informar con responsabilidad, equilibrio e interés público.
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